No quisiera ambicionar su espíritu por muy elocuente que intentara ser, pero tengo clara la idea de que usted debe ser mía por encima de nadie y por esa ofrenda que me ha dado la vida lucharé hasta quedarme sin fuerzas.
Cierto es el ocaso frente al humo y las drogas humanas, fuerte es un secreto, ventajas corren sobre el espacio y las nuevas costumbres de una generación distinta, pero nada más fuerte que la dicha de pertenecer al mejor de los gérmenes de una pasión fundada con sus mañas y mis poesías, de sus noches y mis textos, de su ombligo y mis fluidos. Es el único pacto con mi raciocinio y sólo conozco el deber de hacerle y darle lo mejor de mí.
Tendrá que decidirse por este ser aunque el orgullo la pretenda fuerte, tendrá que justificar los mandamientos de un subconsciente enajenado de la normalidad, tendrá que parecerse a mí y no importarle los de su izquierda, tendrá que ser feliz y darle riendas al espíritu que maneja su alma, pero tendrá que hacerlo usted misma sin importar la lluvia y los cristales de la vida.
Que el signo de sus raíces tengan en cuenta los márgenes que me hacen su semejante y compañero de madrugadas, que sea de milímetros el edicto entre su pensamiento y mi recuerdo. Añoro, señora mía, ser el don que la consuele en tardes alineadas de estación, migrar mi fidelidad junto a sus caprichos y repugnar su satisfacción física. Anhelo ser el sujeto de su congreso amoroso y fulgurar como viñetas en su tiempo libre, porque tengo su fino rostro encuadrado en los bordes de mis sienes y su consentimiento en cada músculo coronario.
No sabría competir con su misterio conyugal y corro el riesgo de ser el primero en remitir mis reflexiones sobre sus ideales cursivos sin imaginar que quizás yace usted en la tranquilidad de otros mensajes y no tengo opciones que resignar mis deseos de pertenecerle límpidamente. No logro aprender a conformarme con lo mínimo y ambiciono mucho más que un pelo, un cuello y un par de pies, no quiero adaptarme, quiero ser el firmante del manuscrito que me hace su propietario y no dejar rastros de perfumes ni cantos, deseo manipular con razón y libertad cada ápice del material humano que la hacen mi Doña. El insomnio domina y hace de mi vida un estresante cosquilleo en el cerebro. Disculpe usted señora, pero no me acostumbro a la idea de que no esté siempre a mi derecha. La estimo tanto…
Cierto es el ocaso frente al humo y las drogas humanas, fuerte es un secreto, ventajas corren sobre el espacio y las nuevas costumbres de una generación distinta, pero nada más fuerte que la dicha de pertenecer al mejor de los gérmenes de una pasión fundada con sus mañas y mis poesías, de sus noches y mis textos, de su ombligo y mis fluidos. Es el único pacto con mi raciocinio y sólo conozco el deber de hacerle y darle lo mejor de mí.
Tendrá que decidirse por este ser aunque el orgullo la pretenda fuerte, tendrá que justificar los mandamientos de un subconsciente enajenado de la normalidad, tendrá que parecerse a mí y no importarle los de su izquierda, tendrá que ser feliz y darle riendas al espíritu que maneja su alma, pero tendrá que hacerlo usted misma sin importar la lluvia y los cristales de la vida.
Que el signo de sus raíces tengan en cuenta los márgenes que me hacen su semejante y compañero de madrugadas, que sea de milímetros el edicto entre su pensamiento y mi recuerdo. Añoro, señora mía, ser el don que la consuele en tardes alineadas de estación, migrar mi fidelidad junto a sus caprichos y repugnar su satisfacción física. Anhelo ser el sujeto de su congreso amoroso y fulgurar como viñetas en su tiempo libre, porque tengo su fino rostro encuadrado en los bordes de mis sienes y su consentimiento en cada músculo coronario.
No sabría competir con su misterio conyugal y corro el riesgo de ser el primero en remitir mis reflexiones sobre sus ideales cursivos sin imaginar que quizás yace usted en la tranquilidad de otros mensajes y no tengo opciones que resignar mis deseos de pertenecerle límpidamente. No logro aprender a conformarme con lo mínimo y ambiciono mucho más que un pelo, un cuello y un par de pies, no quiero adaptarme, quiero ser el firmante del manuscrito que me hace su propietario y no dejar rastros de perfumes ni cantos, deseo manipular con razón y libertad cada ápice del material humano que la hacen mi Doña. El insomnio domina y hace de mi vida un estresante cosquilleo en el cerebro. Disculpe usted señora, pero no me acostumbro a la idea de que no esté siempre a mi derecha. La estimo tanto…
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