martes, 1 de abril de 2008

El día que mi almohada tenía tus marcas...

El día nació con tu olor a mañana, desdeñando cada sombra de las siniestras que te envidian el karma que te construye tan sexy. La almohada se parecía a ti, con glándulas sin peso sobre mi regazo de prócer antiguo, con la magia enramada en caricias que recordaban cada noche de éstas en que estás esquinada entre mis textos y gimes un encanto con mi nombre.
De lo sublime me bajo y tomo todas estas marcas para mí, que reposan entre las fundas sin borde, donde horizontales fundimos mil besos con sabor salado y redefinimos la certidumbre de volver a vernos.
Pido permiso al concepto de amistad y te hago mía en los instantes que quiera, te cuento líneas de afecto, te propongo tratos sin misterios y te comparto mis balcones donde las estrellas están puestas con tu nombre.
Hoy te adoro más que nunca.
Hoy, a pesar de que estás a metros, con solo el izquierdo sobre las rejillas, me dan ganas de darte un estrechón de manos y decirte: qué bueno que te conozco, mujer.

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