martes, 1 de abril de 2008

Epílogo de femeninos pies sobre rejillas frías

El hombre de manos grandes añoraba una compañía subrayada con estilo femenino, sencillos fundamentos convertidos en extremidades limpias de todo objeto yacían sobre paralelas líneas de metal desafiando al frío y los buenos modales.
El hombre dibuja sobre su rostro un emblema que remueve los prejuicios de la dama que pudiera un día mirar y compartir los fluidos del corto espacio que los hace humanos.
La dama sonríe, ebria de gozo, como cirio ambulante ante tanta exquisitez. Acaso no cree lo que pasa de hoy para mañana, cuando en salas de misterios el ego se le va de las manos y no hace más nada que preocuparse y volver a poner sus pies sobre el escalón de aceros estirados.
La dama no parece de este mundo, donde las cuerdas de la sensibilidad hacen cualquier de estrofa un encantamiento antifonal, que a lo mejor sonara cómodo si alguien más se inspirara a contarle lo que provoca sus bordes épicos.
Entonces el tercer personaje, que no tiene nombre aún, en uno de los pocos sentidos cuerdos que han germinado, donde lo femenino defiende el fenómeno como pasión, ilusión, tentación o tal vez un amarre curiosidad y el vasto caballero tienda a verse en el espejo para mejorar su estado espiritual y añorarla en cada visita al jardín de las constelaciones de amor.
El tercer personaje se apellida como un epílogo de extremos que terminan en falanges y falanges que terminan en lo más metafóricamente tierno que ojos humanos hayan visto. Hace de los detalles un puñado de vocablos que tienen como único objetivo contentar a la dama y hacer feliz al hombre.La dama, qué linda la dama. La dama, la dama, la misma…..frías las rejillas, no importa cuánto.

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