No tenía que esperar la primera pieza para demostrarle a mis espacios que cabes de cualquier manera en mi razón de ser. Tus años se acomodan en cursiva entre dedos que no les importa sacarle décimas a tus curvas y preferir que leas sus misterios una y otra vez. Nada mejor que un agua de rosas a las dos de la madrugada sobre la figura compleja de un enjambre de celos masculinos persiguiendo tu sonrisa y una mirada enervante dibujaba el mejor de los momentos al frente tuyo.
Permíteme referirme al encanto que fecundas en cada minuto que apareces: mi entorno se hace mayúsculo y centrado en una respiración rápida y difícil de disimular. A lo mejor entintarlo no sea el método sublime para contarte, pero en cambio me reconforta la idea de que esté dedicado a tu persona y con las mismas ansias que con el primer mensaje, de procurar agrado y marcar una diferencia entre tus admiradores de hoy.
Pasan las horas y no apareces, pero el recuerdo sigue figurándote como lo mejor del espacio y los deseos como el más pretendido laurel.
Aun no lavo mis prendas, tienen el mejor recuerdo. Y mi Che está sonriente y con la boca abierta.
Permíteme referirme al encanto que fecundas en cada minuto que apareces: mi entorno se hace mayúsculo y centrado en una respiración rápida y difícil de disimular. A lo mejor entintarlo no sea el método sublime para contarte, pero en cambio me reconforta la idea de que esté dedicado a tu persona y con las mismas ansias que con el primer mensaje, de procurar agrado y marcar una diferencia entre tus admiradores de hoy.
Pasan las horas y no apareces, pero el recuerdo sigue figurándote como lo mejor del espacio y los deseos como el más pretendido laurel.
Aun no lavo mis prendas, tienen el mejor recuerdo. Y mi Che está sonriente y con la boca abierta.
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